martes, 5 de noviembre de 2013
Nine Cats
jueves, 24 de octubre de 2013
Percepción drogadicta
lunes, 22 de octubre de 2012
Solicitud de empleo
El espacio puede erizarse. Se sienten sus nervios, sus temblores, los sonidos propios de un concepto que se convierte en animal. La experiencia no deja mucho paso a pensar si uno es el que imagina o si realmente sucede para otros. De hecho, en mi sueño no había nadie más con quién confrontar el fenómeno. Muchos pueden ver un arco iris a pesar de que no hay nada sólido ahí, donde parece estar, no obstante en eso consiste su carácter de ilusión óptica. Otra cosa resulta una alucinación, en ese caso sí que uno se encuentra solo. Un pequeño barco y un movimiento monónoto del pie sin que uno pueda remontar distancia alguna; la acción de masticar una fruta inaprensible sin lograr deshacerla incluso cuando ya no está ahí. Regresando al la cuestión del espacio animal quiero decir que él se resiste al análisis, se aprovecha de que uno se encuentra inmerso en el sueño.
Me hayaba tirado en el piso, podía percibir un olor a tierra mojada del campo y algunas plantas tocaban mi rostro. No podía o no quería levantarme. Era una tarde color ambar y la luz cubría las ramas y de los árboles; a sus pies estaban algunas raíces expuestas y que parecían patas de lagartos con múltiples dedos. Podía sentir en mi espalda la superficie de sus falanges. Pensé en esa palabra y recordé que falange también se aplica a las tropas de los ejércitos. En ese momento, comencé a notar un inicial respingo violento aunque el fenómeno no estaba situado en un lugar específico sino más bien abarcaba todo el ambiente e incluso, al respirar, llenaba mis pulmones. Las raíces comenzaban a levantarse, casi rascaban los cielos por su altura. Raíces tan puntiagudas que araban las nubes. Mis manos palpaban el ambiente y no podía hacer otra cosa que moverme tan lento como si estuviera inmerso en los átomos de un material sólido. Las ramas de los árboles cobraban un movimiento de algas marinas. Una de ellas se metió en mi cabeza y podía sentir su movimiento en los surcos de mi cerebro. Intentaba gritar pero todo sonido, en ese espacio, se convertía en agitación. Mi visión comenzaba a hacerse borrosa y el exterior era tan claro para mi piel por el calor del sol. De un momento a otro morí dentro del sueño y de manera instantanea desperté tan tranquilo como si no hubiera pasado nada. Después de un tiempo he ido recordando pero me resulta no poder aprender qué sucedía ahí. Es tan molesto que todo siga tan habitual después de haber muerto ahí sin saber qué sucedía.
Les pregunto si acaso alguién más se encontraba en ese espacio cuando sucedió... Digamos que es un servicio a la comúnidad. Ahí tuve un sentimiento de ser tan pequeño y ahora pienso que tal vez estaba sobre la superficie de un gato como una pulga. Cualquiera que haya sentido eso seguramente ha estado sobre un gato erizado. Si alguién me responde todo sería un poco diferente. Una pulga sobre un gato enojado es insignificante; dos pulgas, son una falange mínima de resistencia.
lunes, 14 de mayo de 2012
Mariposa
una mariposa negra.
Y no hay metáfora:
entró por la ventana
y fue a posarse
entre tus piernas.
viernes, 23 de diciembre de 2011
El golpe
Cómo una plática cordial en el trabajo puede lastimar es lo que sucedió una madrugada. El protagonista resulta ser un golpe truhan. Seco. Frío. Yo terminé sin saber la hora precisa y crucé solitario un puente.
Inicialmente, la situación se desenvolvía rutinaria y fluida. Un acercamiento desde la espalda. Una orden sutil y gritona. Alguien que acata lo imperativo. Un reloj desechable con la pulsera acabada de cambiar y unas monedas y una cámara con fotografías de un mal concierto fueron el botín. Convergía el camino, no el lugar de destino, del asaltante y del asaltado. En Tlalpan a la altura del metro Chabacano un caminante no tiene demasiadas vertientes qué tomar. Cuando el objetivo es hacer una figura perpendicular, uno debe dirigirse hacia algún puente peatonal. Después de que los aludidos objetos llegaron a su nuevo hogar -un diferente bolsillo percudido- se presentó un silencio incómodo entre el robado y el que robaba. Por lo que, se requería algo que lo rompiera, algo bienvenido en un breve tiempo de sobra. No sé porqué fue así. Tengo una explicación. En México, nos gusta pasarnos bien el tiempo laboral, “un cafecito”, “un descansito en el silloncito”, “un jueguito en la compu”. Dado que el ecosistema de trabajo fue al aire libre los objetos no correspondían con los que hay en una oficina, lo que había a la mano era la voz [misterioso es para mí ver ‘mano’ y ‘voz’ tan cercanas]. Les contaba, eso disponible tenía el fin de irrumpir en aquél espacio silencioso, sin contaminación pero no libre del olor a basura característico en el aire muy de mañana.
El que anteriormente había solicitado su botín, pasó a mi lado porque va contra las reglas de civilidad platicar sin al menos caminar a un lado del interpelado. La plática no fue acerca del clima ni de futbol. Pudiera haber sido el caso que esos temas se presentaran pero no. Incluso, debo decir, fue una plática embustera. Lo que aconteció fue una entrevista... mejor dicho: un examen que, por el nerviosismo que causa a algunos, se parecía a esos que hacen en las escuelas primarias. Sólo que las preguntas no fueron sobre historia o geografía. Acontecieron preguntas que todos hemos o nos han hecho: “¿Cómo van las cosas?, ¿a qué te dedicas?, ¿la salud es buena?” Finalmente, tuvo lugar esa acostumbrada pregunta: “¿Qué hora es?”
Alguien que disfruta o sufre de introversión, sabrá que las relaciones sociales son complicadas, sobre todo con personas conocidas recientemente. Las primeras preguntas las respondí con tranquilidad e incluso con cierta cordialidad, en ese momento me burlaba de mi introversión. La encrucijada fue esa última pregunta. Entre mis dientes la respuesta era como un mosquito de insomnio. Mis manos como péndulos luchaban en el tiquismiquis de hacer esa usual expresión para decir que uno no cuenta con reloj. Faltaban pocos metros para llegar al inicio de las escaleras del paso peatonal. No estaba informado si mi acompañante cruzaría conmigo el puente. Podía guardar silencio. En mi mente exploraba la otra posibilidad, un acto ruidoso. Restregarle con llaneza la obviedad o regresarle la misma pregunta como una fechoría con antifaz. “Son como las tres” -respondí sin el énfasis que me hubiera gustado dar. Su mano hurgó su bolsillo. Sacó el reloj. Puso sus ojos en la pantalla con números que brillaban en la oscuridad. Levanté mi pié para ponerlo en el primer escalón. Muchos son los puentes con defectos. Éste puente parecía un delgadísimo riachuelo que desciende de una pendiente porque su barandal iniciaba desde muy abajo, las escaleras eran apenas para una sola persona. Era un puente como hecho para que un niño de cinco años pudiera prenderse del barandal con el fin de poder subir (idea que sugiere que el puente no era defectuoso sino virtuoso por la consideración a los niños pequeños que cruzan puentes en Tlalpan). En ese justo momento en que hinqué mi pie en el primer peldaño del puente, el flamante dueño de un reloj viejo se frenó donde el barandal comenzaba. Pareció que un camión a ochenta kilómetros por hora lo envestía, quiero decir, por completo, como si todo su cuerpo hubiera sido aplastado. Se pegó en un solo lugar... en los huevos.
lunes, 14 de noviembre de 2011
Sin el afán que da a una vida entera
espacio y alas, por la noche atado,
me estrangula este siglo, como fuera
todo rumor de la verdad ahogado.
En las mazmorras antes: se vislumbran
torres que hoy no se ven, torturas, guerra
en obscuras historias; mas no alumbran
las vidas de los hombres bajo tierra.
Miradme por las calles intrincadas:
sofocan todo grito lluvia y niebla.
la ciudad, a la luz, al aire hurtadas.
Más hondo zonas de miseria puebla.
En mí también su horror cava y construye.
Y esto que escribo es cuando vuela y huye.
Stephen Spender
Traducción de Jorge Cuesta (1940)
sábado, 17 de septiembre de 2011
viernes, 2 de septiembre de 2011
Perdí mi bicicleta o sobre la cosmoteología del tiempo
He observado ese objeto aparentemente mecánico repetidas veces pero intento evitarlo. Y es que, verlo me resulta insoportable. Los apostadores hipotéticos, en las múltiples luchas de miradas entre ese ciclope y mis ojos hipermetrópicos se aburrirían o se enriquecerían porque podrían descifrar quién es el que resulta perdedor en todas las ocasiones. Decir que, cuando todo marcha bien el tiempo se acelera y, en la adversidad, disminuye su velocidad, es insuficiente. La cosmoteología, según Kant, busca derivar la existencia del ser originario a partir de una experiencia general. No obstante, la experiencia general no es más que una experiencia particular singularizada por un acontecimiento dentro del ser originario. Falta decir que ese ser que me causa aversión es un organismo animal que aspira los objetos y después los exhala.
El Teléfono que suena en la esquina de mi habitación es absorbido por los poderosos pulmones del aludido animal. Cada onda de sonido que se propaga, el teléfono y sus accidentes, son arrastrados para inflar dos bolsas como pulmones. Esos órganos parecidos a globos son de un tamaño infinito pues, en una de sus aspiraciones, deben entrar dentro de sí todos los entes del universo. Después, en el momento de la exhalación, todo vuelve a su lugar previo sin que se pueda advertir el movimiento violento, debido a su velocidad inverosímil que, proporcionalmente, corresponde a la velocidad de las alas de un colibrí. Dentro de esas respiraciones, una voz se escucha en el auricular: "Te extraño, quiero verte, estoy frente al Auditorio Nacional en mi auto y esperaré un momento." Esa voz no sólo entra a mis oídos como sonido, sino que también se convierte en un ventarrón que irrumpe con el oxigeno que entra a mis pulmones. A su vez, soy inhalado por los referidos pulmones inmensos. Dicho suceso, mínimo en el universo total de los entes, marca una radical diferencia en el estado del Organismo Animal de Respiración Infinita; éste nota que respira algo extraño aunque no logra detectar lo que es, sin embargo no puede resistirse al estado de euforia que le causa. Mientras tanto, no tengo automóvil [lo cual debería resultar obvio desde la referencia inicial a Kant] y es tarde para que en la Ciudad haya transporte colectivo; así que lanzo mi bicicleta a la calle, subo en ella, muevo los pedales y con las llantas que prensan la avenida jalo hacia mí el Auditorio con todas mis fuerzas. El OARI que tiene nubes por patas, en su emoción psicotrópica mueve sus nubes aleatoriamente. Al lograr que el auto, desde el que recibí la llamada, llegue frente a mí, dejo la bicicleta y entro al auto. Ella está ahí, frente al volante, con una línea burlona dibujada, como escritura cuneiforme, en su rostro. Yo no pienso que sus labios sean un rasgo dibujado, simplemente deseo besarla. Simultáneamente, el OARI gira sobre su propio eje con respiraciones agitadas, sus orejas (que parecen una bufanda por tener una textura similar) se mueven con una locura divina.
Dentro del OARI, hay una secuencia de eventos en que, después que una cama llega a nosotros, los besos vienen a nosotros, arrastramos con nuestras respiraciones los entes a nuestro alrededor, inspiro sus gemidos y al exhalarlos se convierten en silencios. Ella crea un remolino al respirar, entro profundamente y salgo. En todo ese movimiento y confluencia de fuerzas dinámicas, el espacio dentro de los pulmones del OARI se contrae y su respiración se detiene. Nuestra respiración también se detiene. Y por un instante no hay movimiento alguno. Finalmente, el OARI recobra el ritmo normal de su respiración todavía con una sensación de aturdimiento. Ella se encuentra debajo de las sábanas. Y, por mi parte, comienzo una nueva lucha de miradas, de la cual seguramente ya todos saben el resultado.
Para aclarar esta historia, yo no relato nada más que el encuentro con ella, de las referencias extras no tengo conocimiento y, de hecho, pueden ser dejadas de lado. El único problema es que dejé mi bicicleta tirada frente al Auditorio Nacional. Les cuento esta historia para solicitar a los que vean este anunció (y a los que no lo vean también) la devolución de mi bicicleta, hay recompensa $$$$$

